Recaídas y mesetas
Volver a estar mal después de un tiempo mejor no significa que hayas fracasado ni que vuelvas a la casilla de salida. Las recaídas y los estancamientos forman parte del proceso, no son su contrario.
Por qué importa
Pasa muchísimo: llevas un tiempo mejor, más regulado, más en calma… y de repente vuelve la ansiedad, el bajón, el insomnio. Y el pensamiento aparece de inmediato: “ya está, he vuelto al principio, todo lo que hice no sirvió de nada”. Esa interpretación duele más que la propia recaída. Y, sobre todo, no es verdad.
El mecanismo, en sencillo: el cambio en el sistema nervioso nunca es una línea recta hacia arriba. Es más bien una espiral, con subidas y bajadas. Puedes pasar por el mismo punto otra vez, sí, pero no estás en el mismo sitio: lo recorres con más recursos, lo reconoces antes, sales antes. Una recaída no borra lo aprendido; tu cuerpo no olvidó. Solo está teniendo un mal tramo.
Y luego están las mesetas: esas temporadas en que practicas, haces todo “bien”… y parece que no avanzas. Aburren y desaniman. Pero la meseta no es un parón: es el cuerpo consolidando por dentro lo que ya aprendió, asentándolo, aunque no se note por fuera. Muchas veces el siguiente salto llega justo después de una de esas mesetas.
Así que cuando vuelva un mal tramo —que volverá—, prueba a cambiar el “he fracasado” por “esto también forma parte”. No te trates como si hubieras roto algo. Trátate como alguien que está recorriendo un camino largo, con sus curvas. La recaída no es el final del proceso. Es el proceso.
¿Por qué funciona?
El cambio en el sistema nervioso no es lineal (F5): sigue un patrón de avances, retrocesos y estancamientos. Las recaídas se entienden mejor como reactivaciones temporales de patrones antiguos ante estrés o fatiga, no como pérdida de lo aprendido: la neuroplasticidad consolidada no desaparece, y la persona suele reconocer antes el estado y recuperarse más rápido (la metáfora de la espiral: mismo ángulo, distinto nivel). Reencuadrar la recaída como información y parte del proceso previene la “abstinencia-violación” —el efecto por el cual interpretar un desliz como fracaso total precipita el abandono.
Las mesetas reflejan fases de consolidación: el aprendizaje se asienta y automatiza sin mejoras externas visibles, y con frecuencia preceden a nuevos avances. El valor terapéutico de la cápsula es doble: sostiene la adherencia (evita el abandono ante el primer retroceso, conectando con I1 e I2) y protege la autorrelación, sustituyendo la autocrítica por autocompasión (G5), dado que la culpa ante la recaída es desregulante y agrava el bajón (conecta con A13). El encuadre es realista y antipromesa: no niega el malestar del retroceso, lo resitúa dentro de una trayectoria larga.
Esta cápsula es parte del itinerario Amaina
Micro-dosis diarias de psicoeducación y práctica somática en tu móvil.
Haz la autoobservación