Tolerancia al malestar
Sostener una sensación incómoda sin salir corriendo es una capacidad que se entrena, como un músculo. No a base de aguantar de golpe, sino de quedarse un poco más, muchas veces.
Por qué importa
Mucha gente cree que “tolerar el malestar” significa apretar los dientes y aguantar lo que sea. Por eso lo intentan a lo grande, se desbordan, y concluyen que no pueden. Pero la tolerancia al malestar no funciona como una prueba de resistencia: funciona como un músculo que se fortalece con repeticiones pequeñas.
El matiz honesto: hay una zona en la que el cuerpo puede sentir algo desagradable y seguir estando relativamente bien —es la ventana de tolerancia—. Dentro de esa ventana, quedarse un poco más con la incomodidad la amplía. Pero si nos pasamos de rosca y nos desbordamos, el sistema solo aprende que tenía razón en temer. Más no es mejor.
La salida es entrenar al borde, no en el abismo. Quedarse unos segundos más de lo cómodo, pero sin llegar al pánico. Y parar antes de desbordarte cuenta como acierto, no como rendirse.
¿Por qué funciona?
La tolerancia al malestar es la capacidad de sostener estados internos desagradables sin recurrir de inmediato a conductas para suprimirlos. Se relaciona con la idea de ventana de tolerancia: el rango de activación en el que la persona puede experimentar emoción y seguir funcionando de forma regulada. La exposición gradual dentro de ese rango favorece la habituación y amplía progresivamente el margen disponible.
El énfasis en no desbordarse es fisiológicamente relevante: una exposición que lleva al sistema a la hiper o hipoactivación sostenida no produce aprendizaje de seguridad, sino sensibilización (el sistema aprende a temer más). Por eso la práctica eficaz se realiza en el borde de la tolerancia —retándola un poco— y con retirada deliberada antes del desbordamiento. La capacidad crece con repeticiones breves y reguladas, no con sobreesfuerzos puntuales.
Esta cápsula es parte del itinerario Amaina
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